Archivo | enero 2020

Para recobrar…

Después de 5 años, volví a mi tierra Venezuela y es extraño pero al pensar que llamo a esta tierra de mía, es como si yo asumiera entonces que soy una semilla o tal vez una planta que está creciendo, y está destinada a dar frutos, muchos frutos.

Además, mi tierra es única por todo el tiempo que le dediqué soy de ella y ella es mía, es diferente a todas las otras tierras. Dicen que Cristóbal Colón al ver la exuberancia de sus paisajes la llamó tierra de gracia, lamentablemente hoy muchos la llaman tierra de nadie, o tierra arrasada, arruinada, sin dueño, saqueada y abandonada por tantos, al volver después de tanto tiempo de distancia pude constatar que esa gracia sigue viva y que aún está presente aquí.

Es como si fuese lo único que sobró, y lo veo en la mirada de Victoria cuando me habla, y me propone un nuevo juego, con la esperanza intacta, con la inocencia entera, con el amor nuevo para estrenarlo a cada día conmigo, como si me lo hubiera estado guardando todos estos años. En su sonrisa diaria era como si me estuviera alegrando los días tristes que pasé este tiempo lejos de ella, a cada frase o pregunta, mientras conversábamos o leíamos el Principito, era como si abriese un nuevo horizonte, una nueva puerta con su inteligencia sagrada de niña que no vive en la razón sino en el corazón.

Todavía ese algo que se niega a morir, lo veo en las manos de mi mamá cuando amasa las arepas, o agarra el guiso para ponerlo dentro de la hallaca, son manos incansables, llenas de callos, ya sin huellas en los dedos pero que ha dejado huellas de amor a través de su comida, su hervido, su café, o su jugo de lechoza a tantos que pasan por su casa y ahora en mi. A cada día con mucha ilusión, cocinaba algo que sabía que me haría suspirar solo porque estaba hecho con amor, por sus manos, esas manos que me calmaron aquella noche preparándome aquel guarapito de manzanilla, aquellos brazos que me abrazaron hasta que mi llanto cesó, aquel corazón comprensivo que me supo escuchar y acoger con mis miedos, y vergüenzas por creer que regresaba derrotada a casa tal cual hija pródiga ella me recibió llenándome de besos y abrazos (Lc 15,1)

Ese algo que se niega a morir podía verlo en mi hermano, que a pesar del cansancio de esperar un cambio o una mejoría, al tener a su hija cerca nunca le faltaba la capacidad de ternura para hacerla reír, o para sacarle el diente que tenía flojo, o para corregirla como papá, creo que esa capacidad de paternidad en el, me devolvía la esperanza de ver que a pesar de las dificultades, la vida sigue ahí, viva, pulsando y madurando en todos como en mi hermano, en él sigue la capacidad incoercible de soñar y luchar.

Podía ver la terquedad de mi tierra en el rostro quemado del Sr Daniel, que como aquel sembrador salió a sembrar (Mt 13,3), él tampoco para de sembrar, construir y trabajar, que no se queda cruzado de brazos aunque muchos ya hayan desistido de la tierra, el no desiste. Era invencible, a cada día con un tobo lleno de aguacates o naranjas me demostraba que mi tierra se niega a dejar de darnos frutos.

aguacate mama

Aguacates en el terreno de mi mamá

Pude ver también muchos otros rostros: cansados, enfermos, mas viejos, mas solos, pero que a pesar de lo duro que han sido estos años, tampoco se cansan y siguen luchando por sobrevivir, que desde la pobreza aún existe la voluntad férrea de dar cariño, amor, hospitalidad, acogida, a través de los detalles, de la ternura como la sra Amalia alimentaba a su hermano Simón muy enfermo en cama, o del almuerzo de mi hermana, de la hamburguesa del gorilón, de la sopa de tia Ana, del pocillo de leche calientica de mi tia Raquel, o un palito de ponche crema con miche porque no había ron en la casa mas sencilla y acogedora que visité, de un ovejo guisado de mi tía que me dió el gusto de mi ciudad Barquisimeto que no pude visitar, del pernil con ensalada en casa de mis tio Raul, y tantos detalles mas. En fin, la familia no deja de reunirse y compartir unida solo por las carencias materiales, era como aquella viuda que en la ofrenda echaba con generosidad todo lo que tenía y no solo lo que le sobraba. (Lc 21,4)

Mi tierra sigue dispuesta a dar frutos, aún hay mucha semilla viva y en tus manos para ser sembrada. La semilla es perfecta en tus manos señor, porque en ella existe todo el potencial perfecto para que germine una planta capaz de dar muchos frutos. Como el aguacate en el terreno de mi mamá, que sino se agarran hasta las guacharacas comen de ellos y se caen.

Yo estuve en mi tierra, pero ahora volví a donde me has plantado y tu con esperanza sigues esperando mis frutos, esperando mis flores, mis tallos y cuidando de mis ramas. Este año me podas lo que no sirve, me limpias de lo que ya no necesito y de lo que hacía mal, para que pueda dar muchos mas frutos (Juan 15,2)

Esa semilla, necesita enterrarse y quedarse sola en la oscuridad de esa tierra para poder germinar, y cuando finalmente se convierte en un árbol frondoso necesita afianzar y ahondar sus raíces, los vientos, las tormentas, todas las crisis vienen para obligarme a que esas raíces puedan ser mas profundas, pues como dice el poeta Francisco Luis Bernárdez en su poema “para recobrar”:

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.

La partida fue muy difícil, despedirse de mi tierra y mis amores no fue fácil, pero tengo la profunda sensación de que en ese mes Dios me regaló la mirada del Principito para ver lo esencial que es invisible a los ojos, y así recobrar lo que había perdido mi corazón.

Me traje dos certezas, la primera es que aún nos falta bastante por florecer, para poder florecer aún faltan raíces mas profundas y esta crisis vino justamente a ayudar a que el árbol se haga más fuerte y resistente. La segunda es la promesa que me habías dado y me reafirmas no solo en mi sino también en mi patria:

“Le devolveré sus viñas, convertiré el valle de la Mala Suerte en un lugar de esperanzas” (Oseas 2,17)

Si aquellas viñas que te han saqueado durante tantos años, te serán devueltas y lo que hoy llaman de tierra de mala suerte, de donde tantos hemos tenido que huir por la desesperanza de no poder construir un futuro, será convertido en un lugar de esperanza, donde con certeza y fe vamos a poder regresar para poder quedarnos y esa vez para siempre.